miércoles, 31 de agosto de 2011

Una clase


Era una clase aburrida, donde los pensamientos se posaban en cualquier lugar, menos en donde tendrian que estar. Los típicos y odiosos dibujitos, adornaban las hojas de mi gastado y ya cansado cuaderno. El profesor recitaba de memoria y ya bastante conocido artículo 19 de la Contitución, los zapatos me molestaban y yo que no me ezforzaba  por disimularlo. La corbata más vieja de todas me acompañaba. Ese iba a ser el último invierno que pasara allí dentro.

La puerta se abrió sonoramente, levanté la vista cansada y alli estaba. No era una más. Celestes, como ese cielo frio que golpeaba las ventanas del aula, grises claros como esas nubes que traen lluvia y turquesas como ellos solos. De esos tres colores eran sus ojos. No tenia color de ojos, solamente eran de ella.

Fue en mi primer clase donde la vi. Años después, volvia a entrar por esa puerta. Ya casi abogada, con esa misma sonrisa que supo ser mi delirio, con ese perfume que solia sentir en mis noches de desvelo, pero siempre tan igual, siempre tan distinta, siempre tan ella.

Dió los buenos días, me miró e hizo algo que facilmente le robó protagonismo a la Constitución, tratados y toda esa palabreria. Me sonrió. Esa sonrisa que llenó de entusiasmo mis mañanas, esa sonrisa que hizo que no dejara de mirarla de alli en adelante, esa sonrisa que hizo que quisiera volver a ese primer año de abogacía, esa sonrisa que una vez supo darme fuerza para levantarme y caminar hasta la unversidad, esa sonrisa que me dedicó despues de besarme cuatro años atrás y que luego nunca volví a encontrar, cuando nuestros caminos no se volvieron a cruzar. Hasta aquella fria mañana, donde mi carrera, volvió a empezar.