viernes, 16 de diciembre de 2011

Hoy

Hoy fue uno de esos días en donde mi corazón te pedía a gritos. Unos de esos días en el que no pasó nada en particular, ningún tipo de sobresalto, nada fuera de lo normal, lo único que se repetía eran mis ganas de abrazarte. No es mi estilo escribir directamente las cosas que me pasan, sin antes vestirlas bajo la apariencia de historias sin sentido, pero ahora, hoy, te necesito.
El tiempo cambiaba constantemente, pero esa llovizna pasajera a la salida del subte, me preguntó qué hacía yo sin vos. Por qué no caminabas y te mojabas conmigo. Por qué la compañera de mi mano derecha, era la tira de la mochila y no tu mano. Por qué no estaba riéndome con vos. Estos días son un por qué.
Quiero encontrarle respuestas a todas estas preguntas. Ya le presenté mis credenciales a tu risa, ya hice todo lo que tenía que hacer (capaz que más también). Pero esa misma lluvia, me dijo que hasta acá aposté que hasta hoy jugué mis mejores cartas. No me entiendo y no son normales en mí estas cosas, pero hoy te necesité.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Un jueves más.

El día comenzaba con el sol azotando las ventanas de mi habitación. Afeitarme mañana a mañana, era la rutina más odiosa de todas. Los tan importantes papeles ya descansaban inertes en la mochila, los zapatos calzaban su lustrada negrura y la corbata impecable, engalardonaba mi cuello con falsa modestia. Una vez de bajar los cinco pisos que distaban de la calle, me di cuenta que aquel no iba a ser un jueves más.
El subte recorría su impune marcha atravesando las penumbras con su reconocible ritmo, los andenes abarrotados de gente que parecía importante, con sus semblantes inquebrantables y al verlos, me reconocía como uno más de ellos. Ya en la superficie, esquivando personas para llegar a la oficina, las cuadras parecían hacerse más largas. El frio dificultaba y desalentaba mi marcha, mataba mis ya pocas ganas de lidiar con mujeres que reclamaban autos importados, esposos tanto infelices como infieles o abogados que vendían su apellido por unas monedas más. En fin, era lo que había elegido para mi vida.
Como antes dije, ese no iba a ser un jueves más. Y en verdad, no fue un jueves más. El ritmo de sus tacos resonaron en mis oídos, su forma de caminar era distinta y su pelo, que supe acariciar, era inconfundible ante mis ojos. Allí estaba, mezclada entre la multitud, desplegando gracia y belleza con cada metro que recorría. Distinta, como siempre lo fue. Ajena, como ahora la sentía. Mía, como nunca fue. Ella, la que una vez me dijo que lo nuestro nunca iba a poder ser, aquella noche en la que me ganó el desvelo y la soledad. Al vernos, una sonrisa me dedicó. Se alejaba, como una vez llegó, se iba como solía hacerlo, con la diferencia que nunca volvería a verla.
Seguí mis pasos, hacia la rutina, mientras una lágrima que recorría mi rostro, gritaba su nombre.