domingo, 4 de diciembre de 2011

Un jueves más.

El día comenzaba con el sol azotando las ventanas de mi habitación. Afeitarme mañana a mañana, era la rutina más odiosa de todas. Los tan importantes papeles ya descansaban inertes en la mochila, los zapatos calzaban su lustrada negrura y la corbata impecable, engalardonaba mi cuello con falsa modestia. Una vez de bajar los cinco pisos que distaban de la calle, me di cuenta que aquel no iba a ser un jueves más.
El subte recorría su impune marcha atravesando las penumbras con su reconocible ritmo, los andenes abarrotados de gente que parecía importante, con sus semblantes inquebrantables y al verlos, me reconocía como uno más de ellos. Ya en la superficie, esquivando personas para llegar a la oficina, las cuadras parecían hacerse más largas. El frio dificultaba y desalentaba mi marcha, mataba mis ya pocas ganas de lidiar con mujeres que reclamaban autos importados, esposos tanto infelices como infieles o abogados que vendían su apellido por unas monedas más. En fin, era lo que había elegido para mi vida.
Como antes dije, ese no iba a ser un jueves más. Y en verdad, no fue un jueves más. El ritmo de sus tacos resonaron en mis oídos, su forma de caminar era distinta y su pelo, que supe acariciar, era inconfundible ante mis ojos. Allí estaba, mezclada entre la multitud, desplegando gracia y belleza con cada metro que recorría. Distinta, como siempre lo fue. Ajena, como ahora la sentía. Mía, como nunca fue. Ella, la que una vez me dijo que lo nuestro nunca iba a poder ser, aquella noche en la que me ganó el desvelo y la soledad. Al vernos, una sonrisa me dedicó. Se alejaba, como una vez llegó, se iba como solía hacerlo, con la diferencia que nunca volvería a verla.
Seguí mis pasos, hacia la rutina, mientras una lágrima que recorría mi rostro, gritaba su nombre.

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